J. PASCUAL MORA-GARCIA
LA UNIVERSIDAD:
UNA MIRADA DESDE LA
FILOSOFÍA.
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CATEDRA SIMÓN BOLÍVAR
COORDINACION DE EXTENSIÓN
GRUPO DE INVESTIGACION HEDURE
UNIVERSIDAD DE LOS ANDES
TÁCHIRA
2003
I. LA RAZÓN DE SER DE LA
UNIVERSIDAD.
“ Las universidades han sido hasta aquí
el refugio secular de los mediocres, la renta de los ignorantes, la
hospitalización segura de los inválidos
y _ lo que es peor aún_ el lugar en donde todas las formas de tiranizar y de
insensibilizar hallaron la cátedra de las dictara. Las universidades han
llegado a ser así fiel reflejo de estas sociedades decadentes, que se empeñan
en ofrecer el triste espectáculo de una inmovilidad senil. Por eso es que la
ciencia frente a estas casas mudas y cerradas, pasa silenciosa o entra mutilada
y grotesca al servicio burocrático. Cuando en un rapto fugaz abre sus puertas a los altos espíritus es para
arrepentirse luego y hacerles imposible la vida en su recinto.”
Manifiesto de Córdoba, 1918.
La historia como dijera el gran Ortega y Gasset “siempre es historia contemporánea.” La incertidumbre que cobija la universidad venezolana nos invita a remontarnos al Movimiento de Córdoba (1918), y recordar que los males de la universidad de esa época todavía perviven en la nuestra. Al mismo tiempo imploramos la estirpe de grandes universitarios, como: José Ingenieros, Alejandro Korn, Eugenio D´Ors, Gabriel Del Mazo, Germán Arciniegas, Anibal Ponce, Luis Beltrán Prieto Figueroa, y Ernesto Mayz Vallenilla, entre otros. Hoy como ayer, la universidad tiene que recomenzar una senda perdida, porque los males de ayer todavía están entre nosotros. Pero el mal más grave que padecemos es el que Eugenio D´Ors denominaba: LA SERVIDUMBRE DE LA INTELIGENCIA, al respecto comentaba Deodoro Roca: “nada más doloroso y trágico, en la historia de la servidumbre, que la servidumbre de la inteligencia, la servidumbre de la cultura, de la profesionalidad de la cultura.” (Roca, D.) La servidumbre intelectual a la que se alude, tradicionalmente estuvo representada por quienes eran adeptos al régimen, hoy día tenemos que reconocer que en la universidad la servidumbre intelectual se ha democratizado. De allí que la capacidad de sindéresis deba especializarse con mayor heurística a fin de deslindar la verdad de pseudo verdades. No podemos seguir en el silencio cómplice, como académicos estamos obligados a no engrosar las filas de la servidumbre de la inteligencia. Tenemos que recordar que los criterios se defienden con razones y no con firmas; la razón de Ser de la universidad no se defiende con la suscripción en listines públicos. Imploramos a las reservas morales que tiene la universidad para que regrese el debate ideológico a nuestra cotidianidad.
Quisiera aclarar que nuestro análisis pretende superar el criterio maniqueo que busca aprobar o condenar a priori, según se esté de acuerdo con el oficialismo o con la oposición. Por eso apostamos por los cimientos fundacionales del Ser de la universidad, al nivel de la substancia, al nivel de los principios, al Ser per se de la institución universitaria, y que Aristóteles denominó el nivel supremo. El nivel de EPISTEME. En una palabra, buscamos recordar los cimientos sobre los que descansa la universidad, sea pública o privada, se trata de LA UNIVERSIDAD.
La universidad históricamente ha sido la autoconciencia _Hegel mediante_ del país. En momentos de regímenes de facto, y en presencia de injusticias, la universidad ha sido la primera en levantar el brazo crítico y denunciar los atropellos. Pero es así, en el fragor de la lucha académica que se discute el futuro de un país: ¡no con la Universidad cerrada.!
La Universidad nació para ser alfarero de la verdad, por eso de su seno emergió como Orfeo de los infiernos una nueva profesión, el profesor universitario, “un hombre _ al decir de Le Goff_ cuyo oficio es escribir o enseñar o las dos cosas a la vez, un hombre que profesionalmente tiene una actitud de profesor y de sabio, en suma un intelectual.” ( Le Goff, 1986:88) Por eso nos preguntamos: ¿Está la universidad venezolana siendo consecuente con el desideratum para la cual nació?, ¿Cuál es su capacidad de sindéresis al abordar la coyuntura que vive el país?, frente a la simpleza y falta de densidad del discurso político ¿Dónde está el intelectual orgánico que actúa como conciencia fundante?, ¿Por qué hemos perdido nuestro protagonismo en las decisiones de la sociedad?. Pareciera que se está cumpliendo aquella premisa según la cual el saber ya no se discute en la universidad sino en el acontecimiento. ¿Acaso la cultura massmediática y telemática terminará desplazando la cultura académica y la Universidad.? Obsérvese que el problema de fondo es más grave de lo que nos imaginamos, si la universidad no responde a su razón de Ser, dentro de poco se estará discutiendo si es conveniente cerrarla. Históricamente la universidad siempre ha sabido hacer valer su Ser per se, por eso pudo sobrevivir a la Inquisición, al oscurantismo científico, a las revoluciones _ de izquierda o de derecha_, y últimamente a la crisis de paradigmas. Pero no nos olvidemos que “sólo merece la vida y la libertad quien a diario las conquista.” (Göethe)
Cuando decimos que la Universidad está apartándose de su razón de Ser, queremos significar que erróneamente su Ser está siendo puesta al servicio de intereses que no son intrínsicos a su naturaleza. La universidad no puede cerrar sus puertas por coyunturas ajenas a su razón de Ser. ¡La Universidad no son sus muros.! La Universidad somos todos: los estudiantes, los profesores, y los que hacemos vida universitaria.
A la universidad cuando le han cerrado sus puertas ha sido para sumirse en el oscurantismo. Curiosamente, en esta oportunidad, el paro no fue por decisión del gobierno de turno como históricamente había sucedido. Hagamos un poco de memoria: No fue precisamente la generación del 28 la que cerró la Universidad Central de Venezuela, durante la dictadura de Juan Vicente Gómez. Ni fue precisamente la generación del sesenta la que cerró la universidad venezolana en la primera presidencia de Rafael Caldera. La universidad abierta siempre ha sido el arma más fuerte que ha tenido el pueblo contra cualquier sistema de gobierno que se apartara de su desideratum. De manera que si se trataba de generar conciencia crítica a favor o en contra del actual gobierno, mal pudiéramos quedarnos inermes ante quienes tratan de cerrar sus puertas.
El principio de finalidad de la universidad, en el sentido aristotélico, nos señala que el fin tiene que ser un bien en sí mismo. No podría considerarse un fin bueno, decretar el cierre de la principal fuente de conocimientos de la nación. Este escenario unido a otras propuestas de parte de la sociedad civil propiciaron una abierta propuesta suicida en contra de la nación. Es verdad que históricamente el pueblo conquistó el poder en la calle desde el 18 de octubre de 1945, ratificado el 23 de enero de 1958, y cada vez que ha tenido que manifestar el descontento. Pero cuidado, la universidad debe ser el pivote que guía la nación, no la oveja que sigue un rebaño. La servidumbre de la inteligencia también se expresa cuando exponemos el fin de la universidad en una lucha que no es un bien en sí mismo. Así como el árbol tiene como fin el crecimiento, así también la universidad tiene su fin en la enseñanza y el cultivo del hombre sabio. El principio de finalidad no puede ser el resultado de una opción voluntaria como se ha querido hacer ver. No existe en el principio de finalidad el libre albedrío. Sería como si el niño tuviera la posibilidad de decidir si crece o no. Si el niño _en el supuesto negado_ decidiera no crecer, moriría; de igual manera, si la universidad decidiera no cumplir con su finalidad, desaparecería. ¡Cómo recuerdo aquella anécdota contada en mis años juveniles, según la cual en la Universidad de Berlín, en plena II Guerra Mundial al llegar los americanos, le preguntaron a los estudiantes por qué estaban allí, y respondieron: Porque la Universidad de Berlín NUNCA SE PARA.!
II. LA
UNIVERSIDAD: ÓNTICO Y DEONTOLÓGICAMENTE.
La UNESCO sostiene que una Universidad de
calidad es aquella que articula el Ser, el Quehacer y el Deber Ser. En los
actuales momentos la OPSU propone algunas pautas acerca de cómo evaluar la Universidad con miras a la calidad
y excelencia. Me gustaría expresar algunos criterios de lo óntico y lo
deontológico con respecto a la evaluación de la universidad, ya que la dinámica
los ha convertido en entelequias.
De entrada diría que no olvidemos que
la evaluación no sólo es un problema de métodos y metodologías sino que también
es un problema político, como bien lo apuntala Santos Guerra: "las ideas
que se aplican a la evaluación son trasladables a la metaevaluación. No es,
pues, un proceso esencialmente técnico sino que tiene naturaleza política y
ética." (Santos Guerra, 1999:266).
En el lapso de
seis años (1995-2001) se han realizado varias evaluaciones de la productividad
del profesor universitario en Venezuela, en el caso de la ULA podemos citar
algunas: PEI-1997; CONABA (1997-1998), CONADES (1998), CONABA (2000); PEI
(2001). Paradójicamente en un país en donde nunca se había estimulado la
productividad del profesor universitario, en un corto tiempo se realizaron
evaluaciones sin dar posibilidad a realizar la metaevaluación en forma
sistemática, es decir, “la evaluación de la evaluación.” (Santos Guerra,
1999:266) No hubo un proceso que
realizara la retroalimentación de la evaluación. Lo cual trajo como
consecuencia evaluaciones escasamente aprovechables para generar mejoramiento,
y menos un estudio sobre el alcance y la productividad de los Grupos
Académicos. De manera que la evaluación pudiera convertirse también en una
entelequia, pues “cuando se evalúa mucho y se mejora poco, algo está fallando
en el proceso.” (Santos Guerra, 1999:266)
El
plano óntico y deontológico indaga acerca de: ¿qué es lo que debe ser
evaluado?, ¿contra qué estándares se pretende evaluar?, y ¿a quién beneficia
esa evaluación?. Pues es bien sabido que
toda evaluación no es inocente, sino que se ancla en un conjunto de supuestos
acerca de la comprensión de la realidad, del conocimiento, el ser humano, y de
un paradigma. La realidad no existe independientemente de quien la conoce, sino
que es en buena medida una construcción del sujeto, y de las representaciones.
En tal sentido aclaramos desde ahora que, no estamos pues en sintonía con
cierta interpretación neoconservadora que busca en la Universidad la excelencia
académica pero revestida del silencio crítico. Dicha propuesta presenta en
forma subrepticia que la finalidad fundamental de la Universidad sea la
productividad económica, hasta el punto que
se adiestra a los docentes para que asuman “el éxito académico casi
exclusivamente en términos de crear trabajadores cumplidos, productivos y patrióticos,
el nuevo programa conservador para una nación resurgente evade cualquier
compromiso para formar ciudadanos críticos y comprometidos.” (Mc Laren,
1989:198) Esta es la trampa en la que no debemos caer. Se busca productividad
pero a costa de un ejercito que sirva al mercado y sacrifiquen el espíritu
crítico. Esta visión de talante neoconservador se caracteriza por trasladar la
lógica del mercado a la Universidad. Como dice Rodríguez-Romero, son grupos que
están construyendo su identidad con “movimientos de la nueva derecha,
movimientos cercanos a las empresas, adalides del neoliberalismo,
neoconservadores y fundamentalistas religiosos, más profesionales de la
enseñanza que dan cobertura técnica a las demandas de control y medición”
(Rodríguez-Romero, 1998:164). Estas prácticas han sido aplicadas a otros países
y hoy se evidencia su inconveniencia, al respecto podemos citar la reforma de
1988 en Gran Bretaña; o bien, lo que se denominaba Primera Ola de reforma en los EEUU, y que fue generalizada con el
nombre de Regreso a lo Básico.
Enmascarado en el movimiento de las
denominadas escuelas y universidades eficaces (Báez, 1991), se esconde todo un
programa neoconservador, bajo los términos de Universidades ejemplares,
eficacia de la Universidad, Universidades eficaces y mejora de la Universidad,
cuando en realidad responden a resultados alterados, manipulados, por los
miembros de la institución, con complicidad externa o sin ella, constituyendo
la base de acciones innovadoras de optimización en su rendimiento académico; se
“pretende encontrar indicadores de la eficacia de las escuelas en términos de
rendimiento de los alumnos (...) emplea instrumentos estandarizados, muestras
representativas y análisis estadísticos y correlaciones” (Marcelo, 1995:22).
Esta tendencia, amparada todavía en el
paradigma proceso-producto, presenta el éxito como el proceso de la traducción
fidedigna de lo que se enseña, cuando en realidad el acto pedagógico no tiene
ningún sentido si no estimula la creatividad; sin la cual es imposible el
pensamiento abierto. Debemos estar atentos a estos planteamientos, ya que los
docentes “a menudo caen en la trampa de definir el éxito en simples términos de
la exactitud ideológica de lo que enseñan.” (McLaren, 1989:270) He aquí el
problema central de la discusión.
La Universidad que pretenda la excelencia
académica crítica debe ser algo más que un reservorio empresarial. ¡La
Universidad de los Andes-Táchira nunca se definirá como una institución cuya
principal misión sea la promoción del crecimiento industrial.! Apostamos, pues,
por una excelencia académica crítica que respeta y potencia el pensamiento
divergente y abierto, una excelencia académica crítica que respeta y potencia
la diversidad, y una excelencia académica crítica que respeta y potencia la diferencia.
Necesitamos potenciar los esfuerzos que las
generaciones de relevo plantean a las
metas del pasado. En particular, las generaciones de relevo en la
Universidad de los Andes-Táchira intentan mantenerse en el combate permanente
pero a alto precio personal, ya que ha sido una generación cincelada con
recursos menguados, tan menguados que el Programa de Plan II pareciera que no
existe para nuestra ULA-Táchira.
La provincia sigue siendo al igual que en la
antigüedad un espacio de tercera categoría cuando se reparten las cuotas de
poder. Un extraño designio de algún
oráculo griego nos condena, porque al estar lejos de la polis pareciera que recibiésemos el
tratamiento que los griegos daban a los extranjeros: ser bárbaros y esclavos
por naturaleza. Y no porque no tengamos excelentes egresados, sino porque nos
falta potenciar los valores de nuestra “raza cósmica”, de la que habló
Vasconcelos.
Pues bien, potenciemos una nueva generación
de egresados con excelencia académica crítica, solvencia moral y humana, para
que nos representen en la nueva Sociedad del Conocimiento, que en palabras de
los gurus educativos será la sociedad del Tercer Milenio.
Los cambios están ocurriendo tan
abruptamente, son tan dramáticos que pueden muy seguramente neutralizar, frenar, y congelar la acción de
tomadores de decisiones que prefieren esperar a ver que ocurrirá, aquellos que se resisten al cambio o que se
mantienen como veletas esperando cuál será el próximo cambio. Esta situación se
asemeja a la del educador que decide esperar la nueva tecnología, el nuevo
diseño curricular, el nuevo computador, argumentando ¿por qué estudiarlo o comprarlo ahora si en
un año estará obsoleto?. Esa continua espera automáticamente colocará a los
docentes universitarios renuentes al cambio en el banquillo de los jurásicos.
Mientras tanto, los demás, los innovadores estarán haciendo historia.
Pero para poder ser representantes de los
innovadores necesitamos potenciar un nuevo liderazgo, alineado en el paradigma
de la complejidad (Edgar Morin, 1994). El nuevo líder educativo deberá ser: a)
ser un pensador holista que integre la divergencia y la convergencia; b) con
visión prospectiva y retroprogresiva; c) experto en el manejo de la complejidad
y el caos, porque la sociedad que se nos avecina será cada vez más caótica y
compleja, “el éxito será de quienes amen el caos -la variación constante- y no
de quienes aprendan a acabar con el” (Peters, 1992:507); d) anticipativo y
proactivo, porque el mejor docente no será aquel que sepa resolver los problemas
sino el que los anticipa; e) aquel que rechaza categóricamente del modelo
flautista (Pied-pipers), o buscadores de posiciones de poder sin proyectos
propios, los oportunistas serán desplazados por la dinámica social que exige
más capacidad; f)innovador y flexible, ya que, la nueva subjetividad no será la
relación particular de un sujeto con un discurso sino la relación de un sujeto
con una pluralidad de discursos, vale decir, desde la física cuántica hasta el
taoísmo; g) maestro en el manejo del cambio y cultura organizacional, para
poder transformar la resistencia al cambio; h) deberá potenciar más la
efectividad y comprehensividad que la eficacia y eficiencia, que al final han
resultados ser conceptos instrumentales que funcionan muy bien en el mundo empresarial
pero no así cuando se utilizan como indicadores de la educación. La crisis que
vive la teoría de los Círculos de Calidad y la polisemia de significados de
calidad traducidos de la empresa a la educación revela un agotamiento y
desencanto. (Ferrández, 1999). De allí que se impone involucrar todo el sistema
educativo en los cambios y no a un grupo de privilegiados, aunque algunos
trasnochados todavía pretendan sugerir como novedad la aplicación la teoría de
la Calidad Total como alternativa única para mejorar la calidad en educación;
i) deberá ser una persona con gran capacidad de logro, con alta autoestima y un
Locus Control Interno alto; y, j) deberá
ser una persona auténtica y con una conciencia fundante, esto es, un ser que no
simplemente es un hacedor de cosas sino que también sabe dar cuenta de cómo se
hacen. Es la misma diferencia que Aristóteles establecía entre el hombre de tëchne y el hombre de episteme; necesitamos de nuevo potenciar
en la universidad al hombre de episteme.
¡Ojala! Qué un día podamos decir que nuestros egresados han sido fraguados con una cultura de excelencia académica crítica, y macerados en el liderazgo complejo, para que puedan volar y soñar tan lejos como las estrellas. ¡Ojala! Qué no sean como Icaro con alas cargadas de cera que al intentar volar sean derretidas por las luces del conocimiento. Compartimos que en “el fluir diacrónico de los tiempos ha habido siempre dos clases de hombres: los que crean y los que imitan – para decirlo con palabras del Prof. Enrique Flores._” (Flores, 1998:12) Pero estamos seguros que en la universidad necesitamos fundamentalmente de aquellos que crean, con un pensamiento abierto, y con una capacidad para vivir la diversidad. Sólo así podremos estar seguros que llevarán en alto el nombre de nuestra Universidad de los Andes en cualquiera de los caminos de la vida. Necesitamos ser solidarios y empujar más lejos. Y, si un día pueden recordar las palabras de Bernardo de Chartres: “somos enanos encaramados en hombros de gigantes. De esta manera vemos más y más lejos que ellos, no porque nuestra vista sea más aguda o nuestra estatura más alta, sino porque ellos nos sostienen en el aire y nos elevan con toda su altura gigantesca” entonces, y sólo así, podremos pensar que hemos cumplido como sus formadores.
III. LA UNIVERSIDAD: UNA MIRADA AXIOLÓGICA.
Platón fue el
primero en preguntarse en la filosofía occidental ¿qué es la virtud?. Desde
entonces las respuestas nunca han sido unívocas sino que sugieren una salida
compleja. Entendemos que la mirada axiológica acerca de la universidad debe ser
revisada constantemente, so pena de entrar en procesos ahistóricos, por eso
quisiéramos contribuir con la propuesta de un DECÁLOGO.
PRIMERO. La universidad debe ser un espacio para el debate de la nueva ética universitaria. Transitamos una sociedad en donde pareciera que lo que esta en tela de juicio no son las faltas a las normas de ortografía moral sino las mismas normas; en donde pareciera que cada cual prepara su propia infusión ética: desde influencias religiosas orientales, pasando por la combinación de hierbas y sahumerios indígenas, hasta propósitos de enmienda en los católicos de comunión diaria. La vieja ética profesional del docente se quedó en los anaqueles, porque funcionó más como una aprehensión conceptual que como una etica aplicada. Por eso podemos decir que la ética en la universidad estuvo más caracterizada por intelectualización de los valores que por una práctica de los mismos.
Se requiere que repensemos una ética para la
universidad desde América Latina (Dussell), pues ni la ética finalística de
origen aristotélico centrada en el principio de la eudaimonía (la
felicidad), ni la ética kantiana centrada en el principio deontológico (deber
ser), han demostrado ser eficaces. Se requiere el transito de una ética
cartesiana centrada en la intelectualización de la moral, del "yo pienso, pienso luego existo", a
una ética sentiente ( L. Boff) en donde se potencie el "yo siento, luego
existo." Todos los sistemas éticos de la antigüedad hasta hoy han mantenido una variable: no se puede ser
virtuoso de una virtud, el hombre virtuoso debe ser virtuoso de todas las
virtudes. Si tuviera que dar una respuesta rápida a la pregunta ¿qué significa
ser virtuoso en la universidad actual? sin reservas diría que un profesor
universitario debería ser virtuoso de todas las virtudes. Quizá eso nos ha
faltado para que la universidad alcance el sentido de utilidad práctica para la
cual nació. El docente universitario nació para dar origen a una nueva clase
social: la que trabaja con el intelecto. Hoy por hoy, en la Sociedad del
Conocimiento es una verdad indiscutible. Porque recordemos que desde la
antigüedad el trabajo era esencialmente el trabajo manual. Fue necesario
reivindicar el status quo del profesor
universitario, hasta el punto que Rutebeuf - un joven poeta de la Edad Media-
se defiende con orgullo expresando: “yo no soy obrero de las manos.”
SEGUNDO. El subsistema más
importante de la universidad debe ser el subsistema de valores. La universidad
no puede seguir siendo administrada con los criterios de los últimos doscientos
años, con criterios jerarquizados donde imperó el autoritarismo, el control, la
uniformización, la especialización, la sincronización, la concentración, la
maximización, y la centralización, teniendo por respaldo político una
democracia liberal autoritaria aliada de los poderes de la civilización
agrícola (caciques, jeques, caudillos, patriarcas, ayatollahs); éste estilo de
hacer universidad está en franco desplazamiento.
Todo esto está cambiando y
afectará notablemente el mundo educativo. En lugar de manejar las universidades
como cajas negras para responder a los mercados, debemos mejorar el subsistema
comportamental. Las nuevas tendencias se centran en el lado comportamental y la
organización interna, sosteniendo que la diferencia entre universidades
exitosas y no exitosas estriba en los valores y principios que sirven de
fundamento a su organización interna. Desde este momento el sub-sistema más
importante de la universidad debería ser el sub-sistema de valores y creencias,
centro del sistema social de la organización. Pero para lograr ese cambio es
necesario romper la vajilla de porcelana de la universidad tradicional para
después recomponer de otra manera los pedazos. El problema no es sólo descubrir
y eliminar el desperdicio, sino determinar los saberes que han quedado desplazados.
El control fue propio de la Modernidad. Hoy
¡no!. Si convertimos el subsistema de valores en el más importante de la
universidad, todos sentiremos la organización como nuestra. De esa manera
podremos ser tratados en el recinto universitario como seres dignos de
condición humana, y no como asaltantes, traficantes o ladrones. Quizá a partir
de ese momento podamos demostrar que no necesitamos empresas de vigilancia para
revisar nuestros vehículos. ¿Qué pensará un vigilante en su interior cuando
recibe ordenes superiores para hurgar y espiar nuestro acontecer cotidiano.?
Hemos llegado a tener que solicitar a la fuerzas represivas para que revisen la
universidad, porque no hemos sido capaces de generar un sistema de valores. La
indolencia es el mal más grande que padecemos.
TERCERO. La universidad tiene que hacer una
reingeniería de procesos, a fin de lograr una ventaja competitiva sostenible.
El problema no es sólo producir lo que la sociedad desea sino lo que la
sociedad valorará en el futuro. Por no ser conscientes de este proceso llenamos
de conocimientos obsoletos las mentes de nuestros egresados. La universidad
tiene que preguntarse moralmente, si realmente las carreras existentes
responden a las necesidades de la sociedad que vendrá o si simplemente
representa las defensa de un feudo para garantizar un espacio laboral.
Sospechamos de quienes hablan de cambio o
renovación en la universidad simplemente pensando en la estructura curricular y
administrativa, cada cierto tiempo se emprenden iniciativas para realizar
reformas curriculares. Sin embargo, estas no pasan de ser un desgaste de
energías y tiempo, ya que el nuevo cambio es peor que el anterior. Debemos
pensar en la reingeniería del docente, e incluso de pensarnos si realmente
somos útiles a la institución o a la sociedad. Es muy acomodaticio hacer
campañas para renovar o cambiar pero distraídos en entelequias o sofismas. Por
eso el proceso de revisión de los conceptos de la universidad deberán ser más
drásticos para los próximos años.
CUARTO. La
universidad emergente deberá centrar su importancia en el recurso humano; es
axiomático que las personas son el mayor activo de una universidad. Los
miembros de la organización deben ser profesionales que se anticipen a los
cambios, expertos del pensamiento convergente y divergente, en presencia de una
realidad caótica; el mejor docente no es el que sabe resolver problemas sino el
que los anticipa.
QUINTO. La
universidad deberá superar será su organización burocrática. Los desarrollos
tecnológicos hacen que la universidad actual pueda superar las contradicciones
de otras épocas. La racionalidad
burocrática que privilegió la razón organizativa del Estado planificador hizo de la universidad un ente menos
eficiente, y más vulnerable a las presiones endógenas.
La universidad de la Modernidad tenían
una estructura fundamentalmente jerárquica, en donde los Consejos Universitarios,
de Facultad, o de Núcleo planificaban desde sus oficinas pero desconectada,
muchas veces, de lo que acontecía en las aulas.
SEXTO. La
universidad debe superar la relación saber-poder enquistada en una clase
política. La universidad debe superar el
sentido de administración del poder cual COSA NOSTRA, camorra o piovra;
hasta el punto que bien pudiéramos decir que dentro de la universidad hay otra
universidad que habla el lenguaje de la COSA NOSTRA. Esta situación fue creando
una contracultura organizacional que en forma soterrada afianzó una clase en el
poder, hasta el punto de que cada elección simplemente consistía en rotarse los
cargos. La incorporación de nuevos docentes en el poder de decisión pasaba por
el juramento ante el clan de la Universidad Nostra; cada nuevo
investido tiene que defender en forma genuflexa los caprichos de unos pocos que
se encargaban de manipular el voto, y así se perpetuaban en el poder.
SÉPTIMO. La universidad debe recuperar el sentido crítico potenciando los valores humanísticos. En forma sistemática los especialistas del currículo con un sentido más ingenieril que humanístico cercenaron los valores humanísticos. Fue así como desaparecieron de los pensa de estudio las materias con contenido humano y social, entre ellas: Introducción a la Filosofía, Sentido y Comprensión del Hombre, Sociología de la Educación, antropología Filosófica, Lógica Silogística, etc. La universidad en lo sucesivo deberá reconocer los valores humanísticos, ya que se requieren en las organizaciones del futuro.
OCTAVO. La nueva universidad deberá potenciar el uso intensivo de los conocimientos. La sociedad del futuro tendrá como eje la biotecnología; eso implica que la universidad biotecnológica requerirá de un mínimo uso de energía, un mínimo de mano de obra, y un mínimo de materias primas, pero un altísimo uso de conocimientos. Los gremios y sindicatos tendrán que cambiar sus fines, porque ya no podrán manipular a las universidades con chantajes o suterfugios; ya no podrán cuadrar concursos de oposición en complicidad con los administradores de la UNIVERSIDAD NOSTRA.
NOVENO. La universidad deberá recuperar el nivel de EPISTEME. En el tiempo la universidad ha dejado de ser la constructora del saber epstémico, y se ha conformado con el nivel de DOXA. Quizá por eso afuera en la calle muchos piensan que la universidad es un lugar para los “doxagrafos” de oficio. Fenómeno que ha hecho de la universidad una agencia de titulación y simulación de investigaciones escasamente aprovechables.
DECIMO. La universidad debe recuperar su status quo donde lo científico y lo filosófico se integren. De esa manera podemos participar en el diálogo entre lo científico y lo tecnológico, lo moral-práctico y lo político; porque la supuesta neutralidad valorativa de la técnica, amparada en la máxima de que “todo lo que es técnicamente posible es éticamente necesario” ha traído como consecuencia la eco-depredación. La labor del científico también debe incorporar la arqueología del imaginario social, pues allí se encuentra la genealogía de la cotidianidad; todo científico es, al mismo tiempo, un metafísico y un filósofo, quiera o no admitirlo; si no filosofa explícitamente, lo hará implícitamente. Pero no puede eludir la sustentación de los supuestos epistemológicos sobre los cuales funda su saber. La crisis que vive el discurso científico radica en gran parte en el olvido de esta característica, ya que en su trabajo acepta o rechaza presupuestos filosóficos en forma más o menos crítica.
Pero
no nos emocionemos. ¡Nada está garantizado! Nos hemos acostumbrado a ver el
maestro, la escuela, la universidad y el profesor universitario como
necesarios, pero pudieran dejar de serlo. La universidad de hoy está amenazada
por “una terrible sombra, quizá emergida de las moradas tenebrosas del Tártaro,
invadió el recinto universitario cuyo rostro, otrora amoroso y resplandeciente,
luce hoy innumerables máscaras que lejos de embellecerlo lo pervierten: unas
veces es mercado de buhoneros exhibiendo maniquíes lujosamente enchaquetados,
otras un stand de feria para concesionarios de vehículos, lleve hoy pague
después, pida Visa pida Mastercard, y otras más frecuentes es un desfile de
vanidades por cuya pasarela modelan la compinchería, el compadrazgo, las
cervezadas, las campañas electorales que reducen al profesor a la triste
condición de un voto, carnaval perpetuo que masivamente arrastra a dirigentes y
dirigidos, fascinados por semejante canto de sirenas.” (Flores, 1998:15)
Si no repensamos esos conceptos en una
sociedad cambiante no nos sorprendamos si dentro de unos años la universidad
quizá sea para la cultura occidental lo que Homero para nosotros.
He aquí un nuevo reto para la universidad.
O acaso, seguiremos defendiendo en las viejas trincheras los preceptos
doctrinales del pasado. Si no repensamos la Universidad del Día de Después, la
labor del profesor universitario se reducirá a ejercer un “sacerdocio del
simulacro” en los lugares sacrosantos en donde alguna vez se veneró la
verdad.
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